Esta es una historia de sabor, de esfuerzo y de silencio, Vampi, que sucede cuando el sol del verano estira el día hasta el agotamiento. Comienza con la ruta: el viaje largo y, sobre todo, ese tramo que te quiebra, los 35 kilómetros de ripio desde la Ruta 237 hasta Villa Traful, que sacuden el cuerpo y dejan el cansancio pesando como plomo.
Llegas, encuentras tu lugar en la orilla del lago, y empieza el trabajo que no da tregua: armar el campamento. La carpa se levanta, cada estaca en su sitio, el equipo descargado y ordenado. Es un ritual que te ancla a la tierra.
En ese momento, el gran telón se abre: el atardecer comienza a llegar. El sol de verano se despide lento, tiñendo el Lago Traful con tonos naranjas y púrpuras. Y con ese descenso de la luz, el cansancio acumulado te golpea con una fatiga dulce. Necesitas la cena.
Te diriges a la proveeduría de la villa, no a un minimarket, sino a esa antigua, frente a la estación vieja, que huele a almacén de campo y a leña añeja. La idea era simple: algo rápido para combatir el hambre. Pero la Patagonia siempre tiene otros planes.
Y ahí estaba: ciervo fresco, recién llegado.
La espontaneidad del viaje te exige aceptarlo. Tomas esa pieza noble, ese corte de carne silvestre, y te diriges a la única catedral posible para un momento así: la orilla del lago.
Armar el fuego es el rito que culmina el cansancio. El crepitar de la leña local se mezcla con el aire fresco de la tarde. El ciervo va a las brasas, cocinándose lentamente, ahumándose con el humo de la montaña. Es un corte noble que se entrega al calor paciente. Lo colocas sobre la parrilla rústica, y la grasa comienza a llorar sobre las cenizas, produciendo ese chicharrido ceremonial, ese perfume a tierra y leña quemada que es la verdadera esencia del sur.
Y allí te sientas. El Lago Traful está frente a ti, inmenso y silencioso. El cansancio por fin se rinde, reemplazado por la paz. Descorchas un vino local, de taninos firmes, esperando ser el compañero perfecto. Podría ser un Malbec patagónico, de ese color violáceo profundo que guarda la paciencia de la tierra en cada sorbo.
El momento llega cuando cortas la carne: ese sabor ahumado, robusto y salvaje, se encuentra con la fruta del vino en tu boca. La cocción lenta ha dejado una corteza de leña y humo, mientras el interior, tierno y jugoso, habla del monte. El aire fresco trae el olor silencioso del lago y la resina del bosque, potenciando cada nota. Ese silencio total de la noche cayendo, roto solo por el chisporroteo del fuego y el sonido de las copas, convierte una simple cena en una experiencia grabada a fuego. Entendés que el mejor plato es el que se cocina con la leña que uno mismo recogió y el esfuerzo de un día entero.
Es una noche que te deja en Traful, pero te lleva a otro lugar.
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