El verdadero tesoro de San Martín de los Andes no está en la postal, sino en la intimidad del invierno crudo, cuando el calendario miente y la temporada aún no despierta. Quienes hemos caminado ese sur sabemos que el momento es la clave: las calles se rinden a un silencio helado y absoluto, con la nieve fresca apretándose bajo cada paso. El frío es una presencia que exige un ritual.
El rito comienza al alba, en el manto blanco.
No es la panadería de las vitrinas, sino esa de la esquina humilde, donde la masa fermenta con verdad. Mientras el humo denso de la chimenea se alza hacia el cielo nevado, el horizonte se incendia en un amanecer de un rojo violento y etéreo.
Entrar es un golpe de vapor caliente y un refugio olfativo de levadura viva. Allí se pide el pequeño tesoro: los bizcochitos. Se entregan en una bolsa de papel que quema las manos, un corazón latente de sal y manteca.
Y afuera, en la vereda desierta, cubierta de nieve virgen, sin llegar a destino, ocurre la epifanía.
El aire patagónico, cortante y limpio, se encuentra con el bocado tibio. Es un choque épico: el sabor perfecto de lo simple contra la inmensidad helada del paisaje. Un instante que rompe la cabeza, demostrando que la grandeza del viaje reside en ese momento único y compartido, no en el lugar.
Ahora que este secreto de sabores y quietud ha sido puesto sobre la mesa... el momento de ir es siempre ahora.
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